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lunes, 16 de enero de 2017

Un regalito para empezar la semana.


Porque sin ti no habrá Navidad

No hago más que llegar al aeropuerto cuando escucho la última llamada de mi vuelo. Por suerte no llevo conmigo más que mi maleta de mano. El resto de mis cosas llegarán el miércoles a Cáceres. Ahora me quedan dos horas de vuelo y cinco agotadoras horas de autobús hasta llegar a casa.

  

La última nevada me está retrasando. Mi madre ha aprovechado este contratiempo para convencerme de que me quede a comer con ella, mi padre y mi hermano. Pero yo tengo mejores planes. Llevamos meses planeando esta barbacoa y por nada del mundo me la voy a perder. Ni la nieve que se amontona en el camino ni mi madre van a impedir que pase el día con mis amigos.

¾    Fran, hijo… ¿no tienes otro momento para quedar con tus amigos?

¾    Mamá… ¿otra vez?

¾    ¿Es qué no entiendes que queremos estar contigo?

¾    Mamá, ya lo hemos hablado. Vendré a cenar.

¾    Y después te volverás a ir, para ir a emborracharte con esos amigos suyos.

No tengo nada que hacer. Ya la he dado todas las explicaciones posibles y todo la parece poco. Hacía dos meses que no venía a casa y ahora pretende que me quede encerrado con ella y con mi padre. Y lo entiendo, pero también necesito mi tiempo para estar con mis amigos. Y ya nada me separa de mi siguiente misión. Comprar cervezas en la tienda de doña María.

   

Es media tarde cuando consigo sentarme en mi cama durante unos segundos. Desde que he llegado a casa ni mi madre ni mi abuela me han dejado levantarme de la mesa. «Dos años es mucho tiempo» ha repetido mi abuela una y otra vez. Por suerte ya no estaré tanto tiempo sin venir por casa. Dos semanas como mucho. He encontrado trabajo en Cáceres. Hasta ahora no he querido contar nada a nadie porque no ha sido hasta hace un par de semanas que no lo he tenido todo confirmado. He tenido un margen de tiempo ridículo para poder organizarme, pero finalmente lo he conseguido. Ya tengo mi piso y el miércoles estarán mis cosas allí. Veremos a ver cómo se toma mi madre que solo dos días después me vaya a mi piso. Pero tendrá que entenderlo porque quiero organizarlo todo. El jueves regresaré a casa y no me marcharé hasta Año Nuevo. No empiezo a trabajar hasta Reyes, pero quiero tener tiempo para mí.

Dejo la cama para darme una ducha caliente. Tantas horas sentadas me han dejado el cuerpo entumecido y quiero estar cómoda en la barbacoa. Sandra ha organizado una fiesta navideña en su casa para que volviésemos a juntarnos todos. Ha evitado nombrar a Fran, pero lo cierto es que dudo mucho que haya decidido pasar el día con nosotros. Ni siquiera sé si está en el pueblo. Es probable que ahora se encuentre en su piso de Madrid con su mujer. Quién sabe… me he negado a saber nada de él en todo este tiempo y mis amigas han hecho lo que les he pedido por lo que no puedo saber que ha sido de él. Y aunque no quiero recordarlo es inevitable no hacerlo al regresar aquí. Mi dormitorio está plagado de recuerdos. Fotos, regalos… demasiados momentos bonitos para olvidarlos, así como así.



Conduzco con cuidado el todoterreno de mi padre. Lo último que quiero es salirme del camino y acabar atrapada en la zanja. No es la primera vez que me sucede y en estas fechas sería complicado encontrar una grúa.

El humo de la chimenea me indica que ya estoy cerca de la casa. Sandra ahora vive en las afueras con su novio y sus dos hijos. Cuando me fui a Londres acababa de anunciar su embarazo y ahora ya es madre por segunda vez, se ha mudado y está a punto de casarse con Manuel.

Alex está en la misma situación. Lleva años viviendo con Pascual y ahora van a ser padres. Siento como si mi vida se hubiera detenido en el preciso momento que decidí que había llegado el momento de partir. ¿Y ahora qué? ¿Conseguiré poner mi vida en marcha?



Me dejo llevar por el griterío. Encuentro a mis amigas de lo más entretenidas, cerveza en mano mientras se ponen al día con los últimos cotilleos de la semana.

¾    ¿No hay una cerveza para mí?

Tan pronto como terminan de hablar vienen a recibirme. Además de Sandra y Alex, también están Alicia, Elena y Fátima. Todas y cada una de ellas corren a abrazarme. Un niño con tirabuzones rubios corre hacia Sandra, su hijo Adrián. No puedo creer que ya camine por sí solo.

¾    ¿Cuándo has llegado? ¿Por qué no has avisado? – Sandra es la primera en saludarme.

¾    He llegado a mediodía, pero mi madre y mi abuela no me han soltado hasta ahora.

¾    Vamos, ve a la cocina a por una cerveza y nos pones al día. – Ahora es Elena quien me viene hacia mí.

¾    Los chicos están allí. Se alegrarán de verte. – Alicia es la última en hablar.

Me muero por esa cerveza. Necesito despejarme un poco y esa bebida va a ser mi fiel aliada. Sé que las chicas tienen muchas preguntas y voy a necesitar un poco de ayuda.

   

He perdido la cuenta ya de las copas que me he bebido, pero eso no me impide seguir la conversación de los chicos. No es que me interese mucho lo que están hablando, pero echaba de menos estas quedadas. Y aunque las echaba realmente en falta no puedo evitar pensar en ella ahora que estoy de regreso. Llevo un año sin saber nada de ella. Después de saber que iba a casarse decidí que había llegado la hora de olvidarla, pero siempre que regreso aquí los recuerdos me invaden.

¾    ¿Quién va a servirme una cerveza? – Reconocería su voz, aunque pasaran diez años sin hablar con ella.

No puedo creer que esté aquí. Me muero por verla, por disfrutar de su perfume, por tocar su piel. Los chicos se amontonan en la entrada, pero sus ojos azules ya me han encontrado. Conscientes de que acabamos de vernos los chicos han dejado la cocina. Estamos a solas y no sé qué debo hacer.

¾    Hola Fran. ¿Cómo estás?

¾    Elisa… no te esperaba.

No, no la esperaba y es su inesperada presencia la que me impide hablar. Nos mantenemos la mirada, pero ninguno de los dos ha logrado reunir el valor suficiente para romper con la distancia que nos separa. A pesar de todo estoy seguro de que una lágrima ha resbalado por su mejilla. «Joder, no puedo verla llorar. Duele demasiado, aún duele.» Camino hacia ella. Elisa no tarda en imitarme. Ya nada nos separa. La brillan los ojos debido a la emoción del momento. Intenta mostrarse firme, pero no creo que tarde en derramar una segunda lágrima. Me dejo llevar por un impulso y la abrazo. Se relaja entre mis brazos escondiendo su rostro en mi cuello. «Daría lo que fuese por volver atrás.»

¾    Elisa…

¾    Perdona… discúlpame. No sé qué me ha pasado. – Apoya su cuerpo en la encimera y con la mirada fija en el suelo vuelve a hablar. – No he visto fuera a tu mujer, ¿se ha quedado en Madrid?

¾    ¿Qué mujer, Elisa? Nunca llegué a casarme. ¿No lo sabías? – Juraría que está sonriendo. - ¿Y tú? ¿Has venido con tu marido?

¾    Tampoco me casé. Cancelé la boda a las dos semanas de comprometerme.

«¡Joder, joder, joder! No puedo creer lo que me está diciendo. No se casó. ¿Y si tiene novio? ¡Joder, tengo que saberlo!» Necesito iniciar una conversación con ella antes de que se marche. No puedo perder esta oportunidad. Si sale por esa puerta me será imposible hablar con ella.

¾    ¿Has venido sola?

¾    Claro, ¿con quién iba a venir?

¾    Me refería a… bueno, ya sabes. – Ni siquiera me atrevo a preguntárselo. ¿Qué va a pensar de mí?

¾    He venido sola, Fran. Bueno… ¿y tú? ¿cómo te va?

La pongo al día sobre mi trabajo en Badajoz. Llevo meses trabajando allí como enfermero. Tras terminar mis estudios lo tuve muy difícil para permanecer cerca del pueblo, pero finalmente lo logré. Ahora vivo en Badajoz y me encuentro poniendo mil excusas para pasar unos días aquí. Su ausencia me duele demasiado.

¾    Al final has conseguido lo que querías…

No… no lo conseguí. Hace dos años no sabía lo que quería y ahora lo tengo frente a mí. Debí viajar con ella a Londres. He perdido dos años de mi vida por querer permanecer cerca del pueblo para ahora ser incapaz de venir. Y todo por no ser lo suficientemente inteligente para darme cuenta de que lo que realmente quería era estar con ella.

¾    ¿Y tú? ¿Qué hay de ti? ¿Vas a quedarte todas las fiestas?

¾    Voy a quedarme… a secas. – Mi corazón se acelera al escuchar sus palabras. – He encontrado trabajo en Cáceres.

¾    Cáceres suena mucho mejor que Londres.

¾    Podré venir más a menudo. Tu vendrás mucho, ¿no?

¾    No me creerás si te digo que llevaba dos meses sin venir…

     

Desde que lo he visto siento como si me faltara la respiración. Mi corazón se ha detenido cuando me ha abrazado. Mi vida ha vuelto a correr cuando me ha contado que no se casó.

¾    Y… ¿estás bien? No sé… ¿algo nuevo en tu vida?

¾    Sigo siendo el mismo que cuando te fuiste. ¿Y tú? ¿Algo nuevo?

¾    Todo igual. Es como si estos dos años no hubieran pasado.

¾    Un tiempo de descanso, ¿verdad? – Su risa, aquella que me enamoró hace tiempo, ha vuelto para deslumbrarme.

¾    Dos años es mucho tiempo… - Es ahora cuando repito las palabras de mi abuela que descubro su importancia.

Aprovecho este momento de silencio para mirarlo bien. El tiempo no ha pasado por él. Dos años es mucho tiempo, pero es como si no hubiera pasado un solo día desde la última vez que lo vi. Sigue tan guapo como siempre… «Madre mía, no sé cómo puedo aguantar sin besarlo.» Por un momento, apenas un microsegundo, pienso en mis posibilidades. Pero el rechazo es lo más probable. «Dos años es mucho tiempo. ¡No, no lo es! No lo ha sido para mí. Mis sentimientos hacia él siguen siendo los mismos.»

¾    ¿Quieres esa cerveza que venías buscando?

Lo encuentro frente a mí con dos cervezas en la mano. Al coger el botellín he provocado que nuestros dedos se rocen todo lo posible. No sé cómo describir lo que acabo de sentir al tocarlo de nuevo.

¾    Estas navidades serán distintas.

¾    Volvemos a estar juntos… - Mis palabras lo han sorprendido demasiado, acaba de asustarlo. Tengo que cambiar de actitud. – Todos los del grupo… quiero decir.

¾    Para mi será distinta por muchas otras cosas.

¾    ¿Por qué? – Necesito saberlo todo sobre él.

¾    Porque sin ti no habría Navidad para mí. Sin ti, hace mucho que nada tiene sentido. Sin ti no ha habido ni habrá Navidad. ¿Entiendes lo que te quiero decir, Elisa?

Entiendo perfectamente lo que quiere decir y estoy loca por decirle que yo siento lo mismo, pero los chicos han interrumpido este momento tan especial.

   

«¿Es qué no tenían otro momento para venir a la cocina?» Estoy seguro de que la he visto sonreír, estoy seguro de que no me ha olvidado y de que siente lo mismo que yo siento por ella. Tengo que hacer lo imposible por volver a estar a solas con ella. Y cuando lo consiga tendrá que ser ella quien hable. «Si me rechaza, si estoy equivocado… ¡joder, no puedo estar equivocado! ¡No estoy ciego! ¡He comprobado por mí mismo como provocaba que nos tocásemos!»



Me levanto temprano porque he sido incapaz de dormir en toda la noche. He estado tentado de escribirla cuando he visto que estaba en línea a eso de las tres de la mañana. También lo he intentado a las cinco y a las seis, pero no he reunido el valor suficiente para hacerlo.

Para cuando salgo de la ducha tengo un mensaje nuevo. Rezo a todos los santos porque haya sido ella quien me haya escrito, pero no es de ella el mensaje, sino de Sandra.



He quedado con Elisa

para ir a comprar al

centro. Ve tú y aprovecha

el momento para hablar con

ella.

                                  Sandra

Muchas gracias, Sandra.

 Acabas de salvarme

 la vida. No sabía qué hacer.

Fran.

Tengo la oportunidad que estaba buscando para estar a solas con ella y no pienso desaprovecharla. Y si no quiere volver conmigo haré todo lo que esté en mi mano para volver a enamorarla. Si lo conseguí una vez, puedo volver a lograrlo.

¾    ¿Dónde vas con tanta prisa, cariño?

¾    Buenos días, mamá. He quedado con Elisa para hacer unas compras.

¾    ¿Cómo con Elisa?

¾    Ha vuelto. – Mi madre está tan sorprendida como lo estaba yo ayer. – Va a quedarse. Va a vivir en Cáceres. Y antes de que me preguntes… no se casó, suspendió la boda a las dos semanas de comprometerse.

¾    Dila que venga a verme, por favor hijo, díselo.



Conduzco hasta su casa. No tardo más que cinco minutos. Para cuando llego a su puerta encuentro a Juan entretenido con el periódico de la mañana. Como si esperara mi presencia me saluda sin levantar la vista de su lectura.

¾    Pasa, están dentro.

Entro en la casa. Nada más abrir la puerta María sale a mi encuentro. Sonríe. Está feliz de volver a tenerme en su casa.

¾    Ha quedado con Sandra, pero…

¾    Pero has venido tú.

¾    Si…

¾    Entiendo. – Me guiña un ojo convirtiéndose en mi cómplice. - ¡Elisa, han venido a buscarte! – grita desde el límite de la escalera.

¾    ¡Que suba, mamá!

¾    No dirás que no te he ayudado.

¾    Mucho. Muchas gracias, María. Eres la mejor.

Respiro intentando relajarme y para ello me entretengo en contar los escalones que me separan de ella. Pero pierdo la cuenta en cuanto la escucho cantar una de las canciones de Medina Azahara. Si la memoria no me falla es el último disco que la regalé. La esperanza es mi fiel compañera en este momento.

La encuentro sentada frente a su escritorio. Debe estar maquillándose. Llamo a la puerta para así llamar su atención.

¾    Pasa Sandra, y siéntate. No tardo.

¾    Siempre haciéndome esperar, va a ser verdad que no has cambiado nada.

¾    ¡Fran! – Sobre su cuello descansa la cadena de plata en forma de corazón que la regale en nuestro primer aniversario. - ¿Y Sandra?

¾    No ha podido dejar a los niños con sus padres. – Meto la mano en el bolsillo de mi pantalón vaquero. Saco la llave que me regalo y la coloco a cierta distancia para que pueda verla con claridad. – Yo también la llevo conmigo.

Como un acto reflejo se lleva la mano al pecho, hacia el corazón de plata que la regale. No sé si es porque no esperaba mi visita o porque no quería que viera la cadena, pero está más nerviosa de lo normal. No quiero asustarla, tengo que cambiar mi estrategia.

¾    Bueno… ¿estás preparada para torturarme con un día de compras?

Mi cambio de actitud ha sido muy efectivo porque ahora la encuentro feliz y relajada. Solo espero que no se dé cuenta de lo que estoy intentado, lo último que quiero es que se aleje de mí.

   

Hacía mucho, mucho tiempo que no me encontraba tan a gusto. Echaba de menos estos momentos con él. Siempre gastándome bromas sobre lo mucho que solía hacerle esperar o las torturas a las que le sometía cuando le pedía que viniéramos de compras al centro.

Ahora estamos en el restaurante de la plaza, ese donde solíamos venir casi todos los fines de semana. Los dos hemos vuelto a pedir lo que pedíamos en el pasado. A los ojos de cualquiera de las personas que han pasado por la plaza bien podíamos pasar por aquella pareja que fuimos en el pasado.

¾    ¡Oye! ¿Te ha comida la lengua el gato?

¾    No. Estaba pensando… nada más.

¾    ¿Y en qué pensabas? – pregunta de los más intrigado. – No querrás seguir comprando, ¿verdad? No entro a una tienda más. Aunque… ¡joder, el regalo de mi madre!

Tengo intención de llamar al camarero y pedir la cuenta, pero me detiene antes de que lo consiga. Mantiene mi mano sujeta con la suya mientras juega con el anillo de bisutería que llevo a juego con los pendientes.

¾    Qué cosa más fea.

¾    ¡No es feo!

¾    Lo es, tan feo como tú. – Ríe y me guiña un ojo al mismo tiempo. – Espera aquí, voy a la joyería de ahí enfrente. Solo tengo que recoger el encargo.

¾    ¿Quieres que pida algo más?

¾    Pide la carta, voy a invitarte a comer.

   

Espero paciente mi turno mientras vigilo que Elisa no se haya movido de su silla. Lo último que quiero es que entre y descubra que no es un regalo para mi madre lo que vengo a recoger, sino un encargo que hice hace dos años y que nunca llegué a recoger.

Llega mi turno. La abuela de Sandra me sonríe a sabiendas de que he venido a recoger aquello que encargue hace tanto tiempo.

¾    Cuando te he visto pasar a la cafetería sabía que no te irías sin hacerme una visita. ¿Ha vuelto?

¾    Sí y esta vez voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que se quede.

¾    La noche de Navidad será un gran momento para darle este anillo.

¾    ¿Y si mi rechaza?

¾    No lo hará. Desde que te he visto con ella he sentido que el tiempo no había pasado por ninguno de los dos. Vamos… ve con ella.



Son las nueve de la mañana. Hoy Elisa va a pasar todo el día en su piso de Cáceres. Ni siquiera va a pasar aquí la noche. «Joder… llevo toda la noche pensando y no sé qué hacer para ir con ella. No quiero pasar un solo día sin estar a su lado.» Cojo mi móvil. Ni siquiera tengo que buscar su número, porque lo recuerdo a la perfección.

¾    ¡Qué madrugador!

¾    Tú también. ¿A qué hora te vas a Cáceres?

¾    Ya estoy en Cáceres.

¾    ¡Ah, vaya! Pensaba que te irías más tarde.

¾    Los de la mudanza llegarán en media hora. Me han hecho madrugar. ¿Y a ti quién te ha hecho madrugar?

¾    No he dormido mucho esta noche. Escucha Elisa, te tengo que dejar. Te llamo luego.

Apenas me despido de ella corro a buscar a mi madre. La encuentro sirviéndose un café mientras ojea una revista. Nada más verme sabe que necesito su ayuda. Necesito su agenda de teléfonos. He perdido el número de la casa de Elisa y quiero averiguar cuál es su dirección.

¾    Hola Juan, soy Fran. ¿Puedes decirme la nueva dirección de Elisa?

¾    Hola Fran. Ahora le digo a mi hijo que te la mande por mensaje, yo no entiendo cómo van esos trastos.

¾    Gracias Juan. Muchas gracias.

¾    A ver si consigues que esta vez no se vaya.

¾    Tranquilo, haré lo imposible porque se quede con nosotros.

No he hecho más que recibir el mensaje cuando me he puesto en marcha. He tenido la tentación de llevarme el anillo conmigo, pero prefiero esperar a la noche de Navidad. Hemos quedado en casa de Sandra y Manuel para hacer una pequeña fiesta e intercambiarnos los regalos. Este año, ahora que Elisa está de regreso he vuelto a sentir mayor ilusión por estas fiestas, por las fiestas y por todo. Con Elisa a mi lado mi vida vuelve a tener sentido. Llevo casi dos horas de viaje cuando el navegador me indica que tan solo me quedan trescientos metros para llegar a mi destino. «¿Cómo reaccionará cuando me vea? Vamos a estar a solas, en su piso… ¡joder! Me estoy poniendo muy nervioso.»

Aprovecho que ha entrado el cartero para ganar un poco de tiempo y pensar en que voy a decirla cuando me vea. Pero llego al segundo piso antes de lo que creía. Frente a su puerta me armo de valor para llamar al timbre que encuentro a mi derecha.

¾    ¿Quién es?

¾    ¡El lobo!

Abre la puerta sin decir más. «Joder. Lleva muy poca ropa. Apenas una camiseta de tirantes y unos leggins. ¿Qué quiere? ¿Matarme?»

¾    ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha dado mi dirección? ¿Has visto un fantasma?

¾    Eso son muchas preguntas, ¿no crees? – Me hago el fuerte en un patético intento de que no note mi nerviosismo. – Estoy aquí porque quiero… ayudarte. Me ha dado la dirección tu hermano, pero se la he pedido a tu padre. Y no, no he visto un fantasma… he visto… he visto que tienes la casa echa un desastre.

Donde quería decir ayudarte quería decir estar contigo, siempre. Y donde he dicho he visto que tienes la casa echa un desastre quería decir he visto a la mujer más atractiva del mundo.

¾    Ahora voy a preguntarte yo. ¿Me dejas entrar o me voy a tener que quedar en la puerta?

¾    ¡Ay, perdona! Pasa, pasa.

No me extraña que lleve tan poca ropa. Debe de tener la calefacción a cuarenta grados. Este piso parece un horno. La imito y yo también me deshago de mi ropa de invierno.

¾    Bueno, dime. ¿Qué voy haciendo?

¾    Estaba intentado montar la cama porque iba a quedarme a dormir aquí...

¾    Montemos la cama, entonces.

   

Yo iba a quedarme aquí a dormir esta noche, pero… ¿y él? Desde que nos interrumpieron en la cocina de Sandra no hemos vuelto a hablar sobre el tema. Lo de la cocina fue una declaración en toda regla. Y desde entonces ninguno hemos sido capaces de volver a hablar sobre ello. Yo por timidez y él... supongo que pensará que no quiero saber nada de él. Pero se equivoca. O quizás lo sabe todo y tampoco se atreve a dar el paso. Me vio la cadena. Me escucho, estoy segura de ello, como cantaba con el último disco que me regalo. Desde el martes ha dejado atrás todo lo que ocurrió entre nosotros y ha vuelto a comportarse conmigo como lo hacía cuando estábamos juntos.

¾    ¿Recuerdas cuando lo dejamos? – Me arrepiento de mi pregunta al instante.

¾    Imposible olvidarlo.

¾    ¿Qué piensas ahora de aquella decisión?

¾    Que fue la peor que pudimos tomar, ¿no crees?

¾    Si… - Ha llegado el momento de decirnos toda la verdad. – Fran... yo nunca me he olvidado de ti. Por eso llevo la medalla conmigo. Y siento mucho si alguna vez te hice daño. Lo siento de verdad.

¾    ¿Por qué crees que cancele mi boda? No podía casarme con otra mujer que no fueras tú. Ese sí que hubiese sido el mayor error de mi vida. Pero lo cierto es que el mayor error que he cometido fue permitir que te marcharas sin mí.

«¿Y ahora qué?» La cama nos mantiene separados y lo único que quiero en este momento es que la rodee y venga a por mí. Que me bese y que me diga que nunca ha dejado de quererme. Pero supongo que él también espera lo mismo por mi parte. Dejo el destornillador a un lado y me siento en el suelo. Cuando decidí regresar estaba preparada para volver al pueblo sin que él estuviera allí. Cuando lo encontré y supe que no se había casado me intenté convencer de que ya nada volvería a ser lo mismo. Y ahora qué nada ha cambiado, ahora que sé que las cosas del corazón no son tan complicadas no puedo más. Ya no sé qué más puedo hacer. Me gustaría levantarme y correr a su lado, pero las fuerzas me han abandonado.

¾    Elisa… - lo encuentro frente a mí. - ¿Por qué te has puesto tan triste?

No sé muy bien porque, pero estoy llorando y riendo a la misma vez como una tonta esperando a que pase lo que tendría que haber pasado ya.

¾    Sin ti no ha habido Navidad… y pensé que no la habría nunca más. Sin ti no habrá Navidad, Elisa.

¾    Pero ahora estoy aquí, contigo. Y habrá Navidad…

   

Son casi las dos de la mañana y no ha aparecido todavía. Llevo como una hora en casa de Sandra y Manuel, ya todos estamos aquí. Todos menos ella. «Me prometió que habría Navidad… ¿dónde está?»

¾    Tranquilízate. He hablado con ella antes, tiene que estar al llegar.

¾    No lo puedo evitar…

¾    ¿En qué punto estáis ahora mismo?

¾    Estuve en su piso y no sé cómo, pero surgió la conversación sobre nuestra ruptura y se declaró. Yo ya lo había hecho el lunes, pero Elisa no se atrevió a hablarme hasta el miércoles.

¾    ¿Estáis juntos?

¾    ¡Es que no lo sé! Estamos siempre juntos, pero ni siquiera nos hemos besado.



El alboroto que acaba de producirse me hace levantar la vista hacia la entrada. Acaba de llegar. Con diferencia es la más guapa de la fiesta. En cuanto me ve, me sonríe. No puedo más con esto. Si no la beso esta noche me va a dar algo.

¾    ¡Vamos chicos, la inglesita viene cargada de regalos!

¾    Ayudarme con estas bolsas, por favor.

Cuando los ha entregado todos, viene hacia mí. Me sorprende con un beso en los labios. Se ha ruborizado y es ese color rojizo de sus mejillas el que me alegra la noche.

¾    ¿No abres tus regalos?

¾    ¿También hay para mí?

Asiente mientras me entrega un paquete. Pero no lo soporto más, necesito darla su regalo ahora, ya. Del bolsillo interior de mi chaqueta de traje saco la caja de terciopelo negro que recogí en la joyería.

¾    Hace dos años encargué lo que hay en esta caja para ti. El martes te mentí. Lo que recogí en la joyería no era para mi madre sino para ti. En su momento no pude dártelo, pero ahora estoy dispuesto a seguirte haya donde vayas. – Abro la caja y me arrodillo frente a ella. – Con este anillo quiero reflejar nuestra unión. No quiero volver a separarme de ti nunca más. Elisa, siempre he estado enamorado de ti. Ninguna otra mujer ha ocupado mi corazón. Ahora dime Elisa… ¿quieres casarte conmigo?

Desde que me he puesto de rodillas, en el momento exacto en el que le he mostrado el anillo todo ha quedado en silencio. Tan solo se escuchaban mis propias palabras y a ella riendo y llorando al mismo tiempo. También he podido escuchar el suspiro de las chicas y el cuchicheo de mis amigos.

¾    Fran… ¡claro que quiero casarme contigo!

Tan pronto como me dice que si la coloco el anillo. Y ahora sí, ya ha llegado el momento que tanto he ansiado desde que la vi entrar en la cocina hace apenas cinco días. Me tomo mi tiempo en recoger cada lágrima con un beso. Con cada gota salada que recojo con mis labios me siento más feliz. Pero no será hasta que se convierta en mi mujer que seré realmente feliz.

¾    Quiero que nos casemos lo antes posible.

¾    Cuando quieras.

¾    Me debes dos años y estoy decidido a recuperarlos.

No tenemos mucho más que decirnos. Sus ojos me dicen todo lo que en su día no pudieron decirme. Ahora solo ansío besarla hasta saciarme. Tomo su cara entre mis manos, la acerco todo lo que puedo y sellamos este momento mágico con un beso que, ahora sí, nos unirá para siempre.



-         FIN -


2 comentarios:

  1. Que bonita historia... aunque se me ha hecho corta!😍😍😍

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    1. Ya se qué a ti te gustan los buenos tochos, pero de vez en cuando, un relato corto nunca viene mal.

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